En un lugar del Tíbet un hombre se acercaba a una puerta. Estaba a punto de cumplir un sueño que había estado esperando, rumiando, persiguiendo durante años. Después de un viaje muy largo y cansador, después de años de búsqueda, finalmente estaba allí, frente a una puerta, la única cosa que lo separaba de lo que tanto había estado buscando.
Su nombre era Theravada. Era un hombre de estatura mediana y ojos negros como pozos profundos, ya marcados por el paso del tiempo. Llevaba una túnica color naranja y un atado de cosas indescifrables bajo el brazo.
La puerta cedió apenas la golpeó. Enseguida pensó que el Maestro no necesitaba cerrar la puerta para protegerse, su protección era la infinidad del valle, las montañas severas que se mostraban en el este, el lago que se extendía hacia el sur, y el bosque cerrado que llegaba desde el norte.
El crujido de la puerta abriéndose fue seguido de unos ruidos secos. Había alguien adentro, pero nadie lo invitaba a pasar. Quedaba de su lado entonces la decisión de hacerlo. Podía hablar y pedir permiso, podía volver a golpear la madera vieja o simplemente animarse y pasar.
Esto es lo que hizo. En seguida vio al maestro. Estaba sentado en canastita, preparando una presa que seguramente había cazado. La navaja iba y venía, y con cada movimiento parecía tomar más brillo, así como los ojos del Maestro, que estaban fijos y concentrados en su tarea.
En la habitación había una gran ventana que miraba hacia el espacio inmenso, al infinito tibetano, hacia un más allá inabarcable para el ojo de los hombres.
Había una silla de madera, una manta en el piso y un colchón de paja donde seguramente el Maestro descansaba por las noches. Sabía muy poco de él, y por el hermetismo que lo rodeaba, por lo difícil que le había sido encontrarlo, sabía que vivía solo, lejos de la sociedad, hacía años. Si las historias eran ciertas, a veces daba refugio a algún viajero o daba comida y agua a algún contingente turístico.
Había llegado hasta él a través de rumores. Muchos lo habían llevado a lugares completamente erróneos, a callejones sin salida, a falsos maestros. Muchos de esos rumores le habían costado años, años que había perdido en búsquedas vanas, hasta que, en un momento había aparecido alguien, alguien que conocía a alguien, que a su vez había escuchado una historia de un hombre sabio que vivía detrás del bosque, que aseguraba que era real, que un conocido de un primo lo había visto, y había estado en su cabaña. Finalmente había aparecido la primera pista clave y certera, que desentrañó el ovillo por el cual estaba aquí.
El Maestro no dijo algo al abrirse la puerta. Tampoco cuando Theravada dio un paso hacia adentro. El anciano seguía en su tarea, mientras a su lado el fuego crepitaba y sus llamas lamían una olla que prometía integrar los ingredientes de la mejor manera.
El Maestro, el fuego, Theravada, parecían los únicos actores en ese escenario, los únicos elementos de ese instante que pareció durar una eternidad, al menos para el viajero, hasta que por fin se animó a emitir un sonido sordo, como si se aclarara la garganta.
—¿Tienes voz?—Dijo el maestro—Qué excelente noticia!
Solo en ese momento levantó la cabeza y miró al recién llegado. Sus ojos eran claros y chiquitos, pero penetrantes como dos agujas. Theravada nunca había sido mirado así, por nadie, nunca. Se sintió sorprendido, como despojado de todo lo que en una situación así se pudiera esperar de él. Ya incluso las convenciones sociales, como un simple saludo, le parecían lejanas.
“Adelante”, dijo, invitando a pasar al extraño, que se acercó lentamente. El Maestro apoyó el cuchillo en el plato y miró de lleno al muchacho. Sonreía, mientras Theravada seguía parado en una postura incómoda, con una mano sostenía su atado de cosas indescifrables, y con la otra había formado un puño bien cerrado.
—¿Tienes hambre?—dijo el Maestro, haciendo un gesto con la cabeza. Denotaba una cierta hospitalidad, que, si era forzada por las circunstancias, realmente no se notaba.
El visitante titubeó y finalmente lanzó al aire las siguientes palabras:
—Mi nombre es Theravada y vengo a recibir de usted instrucción.
El Maestro se levantó, su cuerpo pequeño se movía ágilmente. Colocó la presa en el fuego antes de volver a sentarse, esta vez sobre la manta. Con un gesto vago, invitó también a que se sentara el visitante.
Ambas figuras se recortaban en el ambiente de la cabaña, sus sombras temblaban en la pared opuesta al fuego. Theravada observó al maestro. No llevaba una túnica, como hubiera esperado, sino unos pantalones cómodos y una camisa blanca. Su figura era pequeña, pero se lo notaba fuerte y vigoroso, como si tuviera muchos menos años que lo que dejaban entrever sus ojos.
—He traído frutas— dijo Theravada—, me las dio la señora del otro lado del bosque, la que me dijo dónde encontrarlo.
Cuando la cena estuvo lista, comieron con ganas, pero en silencio. Solo el crepitar del fuego se dejaba oír, cantando los secretos más recónditos del Tibet, las sabidurías más profundas y antiguas.
—Bueno…—No te parece que ya es hora?—dijo de repente el Maestro.
—Hora de qué?
—De que me digas a qué viniste. ¿O solo querías probar cómo es la sopa de liebre en estos pagos? También podías probarla del otro lado del bosque, o en la ciudad.
Su tono de broma hizo que Theravada se animara:
—Vengo a recibir instrucción, Maestro. Dicen que usted es un santo, que ha ayunado y meditado mucho, y que ha conocido los secretos de los iluminados.
El Maestro sonrió apenas y se estiró para revolver la sopa:
—¿Eso es lo que dicen de mí?— dijo—. Cuéntame, ¿de dónde vienes?
—Vengo de un templo muy lejano. Allí recibí las instrucciones de los más grandes maestros del Tíbet, leí todos los libros que encontré, trabajé sin cesar y con ganas en las tareas que se me encomendaron, y he practicado la meditación con disciplina. Sin embargo, aún no he encontrado lo que busco.
El Maestro dejó de revolver la sopa y le ofreció agua. Ambos bebieron y permanecieron un rato largo en silencio.
—Hace mucho que no voy a la ciudad. ¿Cómo es la vida allí?
—No es como aquí en absoluto. La gente se encierra cada vez más en sí misma, se inventan cada vez más aparatos para mejorar la calidad de vida, pero cada vez estamos peor. El humano es experto en desarrollar tecnologías, pero también en profundizar la pobreza en cada uno de los corazones.
—Así ha sido siempre— dijo el Maestro.
El anochecer encontró a los dos hombres comiendo las frutas, sus sombras en la pared opuesta al fuego se fueron haciendo más marcadas a medida que la noche se habría paso. La conversación era pausada y concreta. Hablaban unos minutos y luego no se oía nada, excepto el crepitar del fuego, que se mantenía como la única constante.
Theravada le contó su historia. Venía de un pueblo en donde no había más que miserias. El hambre y el sufrimiento habían sido solo el comienzo de una larga y triste historia de invasiones, violencia e injusticia. Cuando era joven había tenido su propia carpintería, una mujer y un bebé, pero no podía ser feliz. Esos horrores le conmovían el alma. Sentía que no podía vivir un día más, a menos que entendiera el porqué del sufrimiento en el mundo. Entonces había comprendido cuál era su verdadero camino y por eso había decidido marcharse lejos e internarse en un templo. Había dejado a su esposa y a su hijo de apenas dos años.
Luego de años en el templo, se había dado cuenta de que estaba perdiendo el tiempo. Le enseñaban muchas teorías, doctrinas y prácticas, pero no sentía cambio alguno en él. El motivo por el cual había emprendido su camino espiritual seguía intacto: no tenía respuestas.
Hasta que un día escuchó hablar sobre este Maestro, y decidió ir en su búsqueda. Había dejado el templo y había juntado dinero, y después de muchos años de viajes y búsqueda, ahora finalmente estaba allí, frente a él.
—¿Para qué quieres instrucción, Theravada?
—Para encontrar paz y sosiego. Para experimentar la verdadera naturaleza de la mente y así reposar en el Rigpa antes de morir. Porque cuando la muerte me venga a buscar, quiero tener respuestas.
—¿Y para qué me necesitas precisamente a mí?
—Dicen que usted es el Maestro viviente más grande. Quiero aprender de usted todas las técnicas de meditación, quiero aprender de la compasión y del perdón, quiero entender lo mismo que entendieron los grandes iluminados.
El Maestro sonrió condescendientemente, se levantó y se aceró a la ventana. Los horrores que Theravada había contado parecían no conmoverlo en lo más mínimo. La noche ya estaba bastante avanzada, había seguido su camino después del atardecer sin esperar a nadie. Theravada lo siguió y se paró a su lado.
—Dime, ¿qué ves por la ventana?
El visitante describió brevemente lo que veía: las siluetas opacas de las montañas recortadas sobre un cielo un poco menos oscuro, una luna llena que iluminaba todo. El bosque en penumbras se extendía hacia la izquierda en todo su misterio y del otro lado se extendía el lago, atravesado por una espada de luz.
—Y ahora dime, ¿qué escuchas?
La voz del maestro lo sobresaltó, y lo arrancó abruptamente de sus cavilaciones. Se quedó mirando en derredor, perplejo. Le costaba volver a la realidad del aquí y ahora. El maestro se dio cuenta y repitió la pregunta.
Theravada se puso a pensar.
—No escucho nada—dijo finalmente.
El maestro, entonces, bostezó y se dispuso a ir a dormir:
—Puedes acostarte en cualquier rincón y pasar la noche. Al amanecer, cuando canten los primeros pájaros, te irás. Te irás lejos, y nunca más volverás.
—Maestro, ¿qué me quiere decir?
—Te irás con la primera luz del alba, para nunca volver.
—¿Acaso no soy merecedor de su instrucción?
—No.
—Maestro—Theravada se postró a sus pies, le tomó la mano y agachó la cabeza en posición de reverencia—, se lo ruego, por favor, haré lo que sea.
Con un gesto suave el Maestro se soltó de su mano. Theravada cayó ligeramente hacia atrás con los ojos llenos de lágrimas.
—Pretendes venir aquí, a esconderte en estos páramos porque en realidad te sientes a salvo, te sientes protegido, pero así no encontrarás el camino a la iluminación. Porque hay algo en ti que no has resuelto y eso te sigue a donde quiera que vayas.
Sorprendido, el hombre subió la mirada, sus ojos grandes, húmedos, observaban perplejos. El maestro ahora hablaba en un tono más grave. A Theravada le costaba creer que este fuera el mismo viejito simpático que había encontrado deshuesando una liebre.
—No importa cuánto medites, cuánta penitencia o ayuno hagas, incluso no importa si tienes al mejor maestro al lado, si no reconoces que eres un cobarde.
—Maestro, por favor, no entiendo a qué se refiere, es muchísimo el esfuerzo que hice hasta llegar aquí, fueron años de dedicación y disciplina. ¿Cómo me puede llamar cobarde?
—¿Ves que no escuchas? Así como antes no escuchaste el crepitar del fuego, el canto de la naturaleza reverberando en el lago, ahora tampoco me escuchas a mí.
Theravada no salía de su asombro.
—Me miras sorprendido. Tú dices que has visto violencia y crueldad, y que eso te perturba, pero ¿no es lo mismo que has hecho tú?
—Maestro… usted se refiere a…?
—Creo que ya entendiste.
—Mi esposa…Mi hijo… No podía quedarme con ellos. Lo mejor que podía hacer era emprender mi camino.
—¿Y escapar de tus responsabilidades?
Theravada miraba al vacío, perplejo.
—No importa cuánto me hayas buscado, ni cuanto te hayas sacrificado, mientras te escapes de lo que no resolviste en ti.
—Usted no entiende…Mi mujer no se quedó sola, tiene cuatro hermanos, una familia que la ayuda.
—Eso es lo que pasa automáticamente ante la falla en uno mismo. Primero no la reconocemos, luego, pretendemos minimizarla.
—No, no. Es que usted no entiende. Yo sí resolví el conflicto en mí, porque no cargo violencia dentro mío. No maltrato a nadie, al contrario, me ocupo de hacer el bien.
—Y abandonar a tu esposa y tu bebé en esas circunstancias horribles, ¿no es violencia?
El visitante ya no sabía qué decir, todo dentro de él se defendía de lo que estaba escuchando. Se sentía abatido.
—No pude evitarlo—dijo con voz triste—no tenía otra opción.
—Esos son los otros dos automatismos. Ante la falla en uno mismo, después de ignorarla y minimizarla, pretendemos que ya la resolvimos o que directamente nunca fue una falla. Ese es el punto en que la situación queda atrapada en un sin salida. Se vuelve imposible.
El silencio ahora fue bastante más largo, más pesado, más tenso. Theravada había imaginado su encuentro con el Maestro de muchas formas, pero jamás hubiera esperado esto.
—Tengo muchas preguntas—, se animó a decir finalmente—. ¿Qué debo hacer? ¿Volver a mi pueblo natal? ¿Ir a buscar a mi hijo? Ya debe ser un hombre …
El maestro calló.
—Por favor, ayúdeme. No sé qué hacer. Dígame qué tengo que hacer.
El Maestro siguió callando por el resto de la noche. Simplemente se echó a dormir en su cama de paja. Al amanecer, antes de que los primeros rayos asomen detrás de las montañas, un hombre salió de la cabaña del Maestro, de estatura mediana y ojos negros como pozos profundos, ya marcados por el paso del tiempo. Llevaba una túnica color naranja y un atado de cosas indescifrables bajo el brazo.
Pero ese hombre ya no era Theravada, era un hombre nuevo, y se adentró en el bosque espeso, iniciando, ahora sí, su verdadero camino.