Desilusión

Monje tibetano

En un lugar del Tíbet un hombre se acercaba a una puerta. Estaba a punto de cumplir un sueño que había estado esperando, rumiando, persiguiendo durante años. Después de un viaje muy largo y cansador, después de años de búsqueda, finalmente estaba allí, frente a una puerta, la única cosa que lo separaba de lo que tanto había estado buscando.

Su nombre era Theravada. Era un hombre de estatura mediana y ojos negros como pozos profundos, ya marcados por el paso del tiempo. Llevaba una túnica color naranja y un atado de cosas indescifrables bajo el brazo.

La puerta cedió apenas la golpeó. Enseguida pensó que el Maestro no necesitaba cerrar la puerta para protegerse, su protección era la infinidad del valle, las montañas severas que se mostraban en el este, el lago que se extendía hacia el sur, y el bosque cerrado que llegaba desde el norte.

El crujido de la puerta abriéndose fue seguido de unos ruidos secos. Había alguien adentro, pero nadie lo invitaba a pasar. Quedaba de su lado entonces la decisión de hacerlo. Podía hablar y pedir permiso, podía volver a golpear la madera vieja o simplemente animarse y pasar.

Esto es lo que hizo. En seguida vio al maestro. Estaba sentado en canastita, preparando una presa que seguramente había cazado.  La navaja iba y venía, y con cada movimiento parecía tomar más brillo, así como los ojos del Maestro, que estaban fijos y concentrados en su tarea.

En la habitación había una gran ventana que miraba hacia el espacio inmenso, al infinito tibetano, hacia un más allá inabarcable para el ojo de los hombres.

Había una silla de madera, una manta en el piso y un colchón de paja donde seguramente el Maestro descansaba por las noches. Sabía muy poco de él, y por el hermetismo que lo rodeaba, por lo difícil que le había sido encontrarlo, sabía que vivía solo, lejos de la sociedad, hacía años. Si las historias eran ciertas, a veces daba refugio a algún viajero o daba comida y agua a algún contingente turístico.

Había llegado hasta él a través de rumores. Muchos lo habían llevado a lugares completamente erróneos, a callejones sin salida, a falsos maestros. Muchos de esos rumores le habían costado años, años que había perdido en búsquedas vanas, hasta que, en un momento había aparecido alguien, alguien que conocía a alguien, que a su vez había escuchado una historia de un hombre sabio que vivía detrás del bosque, que aseguraba que era real, que un conocido de un primo lo había visto, y había estado en su cabaña. Finalmente había aparecido la primera pista clave y certera, que desentrañó el ovillo por el cual estaba aquí.

El Maestro no dijo algo al abrirse la puerta. Tampoco cuando Theravada dio un paso hacia adentro. El anciano seguía en su tarea, mientras a su lado el fuego crepitaba y sus llamas lamían una olla que prometía integrar los ingredientes de la mejor manera.

El Maestro, el fuego, Theravada, parecían los únicos actores en ese escenario, los únicos elementos de ese instante que pareció durar una eternidad, al menos para el viajero, hasta que por fin se animó a emitir un sonido sordo, como si se aclarara la garganta.

—¿Tienes voz?—Dijo el maestro—Qué excelente noticia!

Solo en ese momento levantó la cabeza y miró al recién llegado. Sus ojos eran claros y chiquitos, pero penetrantes como dos agujas. Theravada nunca había sido mirado así, por nadie, nunca. Se sintió sorprendido, como despojado de todo lo que en una situación así se pudiera esperar de él. Ya incluso las convenciones sociales, como un simple saludo, le parecían lejanas.

 “Adelante”, dijo, invitando a pasar al extraño, que se acercó lentamente. El Maestro apoyó el cuchillo en el plato y miró de lleno al muchacho. Sonreía, mientras Theravada seguía parado en una postura incómoda, con una mano sostenía su atado de cosas indescifrables, y con la otra había formado un puño bien cerrado.

—¿Tienes hambre?—dijo el Maestro, haciendo un gesto con la cabeza. Denotaba una cierta hospitalidad, que, si era forzada por las circunstancias, realmente no se notaba.

El visitante titubeó y finalmente lanzó al aire las siguientes palabras:

—Mi nombre es Theravada y vengo a recibir de usted instrucción.

El Maestro se levantó, su cuerpo pequeño se movía ágilmente. Colocó la presa en el fuego antes de volver a sentarse, esta vez sobre la manta. Con un gesto vago, invitó también a que se sentara el visitante.

Ambas figuras se recortaban en el ambiente de la cabaña, sus sombras temblaban en la pared opuesta al fuego. Theravada observó al maestro. No llevaba una túnica, como hubiera esperado, sino unos pantalones cómodos y una camisa blanca. Su figura era pequeña, pero se lo notaba fuerte y vigoroso, como si tuviera muchos menos años que lo que dejaban entrever sus ojos.

—He traído frutas— dijo Theravada—, me las dio la señora del otro lado del bosque, la que me dijo dónde encontrarlo.

Cuando la cena estuvo lista, comieron con ganas, pero en silencio. Solo el crepitar del fuego se dejaba oír, cantando los secretos más recónditos del Tibet, las sabidurías más profundas y antiguas.

—Bueno…—No te parece que ya es hora?—dijo de repente el Maestro.

—Hora de qué?

—De que me digas a qué viniste. ¿O solo querías probar cómo es la sopa de liebre en estos pagos? También podías probarla del otro lado del bosque, o en la ciudad.

Su tono de broma hizo que Theravada se animara:

—Vengo a recibir instrucción, Maestro. Dicen que usted es un santo, que ha ayunado y meditado mucho, y que ha conocido los secretos de los iluminados.

El Maestro sonrió apenas y se estiró para revolver la sopa:

—¿Eso es lo que dicen de mí?— dijo—. Cuéntame, ¿de dónde vienes?

—Vengo de un templo muy lejano. Allí recibí las instrucciones de los más grandes maestros del Tíbet, leí todos los libros que encontré, trabajé sin cesar y con ganas en las tareas que se me encomendaron, y he practicado la meditación con disciplina. Sin embargo, aún no he encontrado lo que busco.

El Maestro dejó de revolver la sopa y le ofreció agua. Ambos bebieron y permanecieron un rato largo en silencio.

—Hace mucho que no voy a la ciudad. ¿Cómo es la vida allí?

—No es como aquí en absoluto. La gente se encierra cada vez más en sí misma, se inventan cada vez más aparatos para mejorar la calidad de vida, pero cada vez estamos peor. El humano es experto en desarrollar tecnologías, pero también en profundizar la pobreza en cada uno de los corazones.

—Así ha sido siempre— dijo el Maestro.

El anochecer encontró a los dos hombres comiendo las frutas, sus sombras en la pared opuesta al fuego se fueron haciendo más marcadas a medida que la noche se habría paso. La conversación era pausada y concreta. Hablaban unos minutos y luego no se oía nada, excepto el crepitar del fuego, que se mantenía como la única constante.

Theravada le contó su historia. Venía de un pueblo en donde no había más que miserias. El hambre y el sufrimiento habían sido solo el comienzo de una larga y triste historia de invasiones, violencia e injusticia.  Cuando era joven había tenido su propia carpintería, una mujer y un bebé, pero no podía ser feliz. Esos horrores le conmovían el alma. Sentía que no podía vivir un día más, a menos que entendiera el porqué del sufrimiento en el mundo. Entonces había comprendido cuál era su verdadero camino y por eso había decidido marcharse lejos e internarse en un templo. Había dejado a su esposa y a su hijo de apenas dos años.

Luego de años en el templo, se había dado cuenta de que estaba perdiendo el tiempo. Le enseñaban muchas teorías, doctrinas y prácticas, pero no sentía cambio alguno en él. El motivo por el cual había emprendido su camino espiritual seguía intacto: no tenía respuestas.

Hasta que un día escuchó hablar sobre este Maestro, y decidió ir en su búsqueda. Había dejado el templo y había juntado dinero, y después de muchos años de viajes y búsqueda, ahora finalmente estaba allí, frente a él.

—¿Para qué quieres instrucción, Theravada?

—Para encontrar paz y sosiego. Para experimentar la verdadera naturaleza de la mente y así reposar en el Rigpa antes de morir. Porque cuando la muerte me venga a buscar, quiero tener respuestas.

—¿Y para qué me necesitas precisamente a mí?

—Dicen que usted es el Maestro viviente más grande. Quiero aprender de usted todas las técnicas de meditación, quiero aprender de la compasión y del perdón, quiero entender lo mismo que entendieron los grandes iluminados.

El Maestro sonrió condescendientemente, se levantó y se aceró a la ventana. Los horrores que Theravada había contado parecían no conmoverlo en lo más mínimo. La noche ya estaba bastante avanzada, había seguido su camino después del atardecer sin esperar a nadie. Theravada lo siguió y se paró a su lado.

—Dime, ¿qué ves por la ventana?

El visitante describió brevemente lo que veía: las siluetas opacas de las montañas recortadas sobre un cielo un poco menos oscuro, una luna llena que iluminaba todo. El bosque en penumbras se extendía hacia la izquierda en todo su misterio y del otro lado se extendía el lago, atravesado por una espada de luz.

—Y ahora dime, ¿qué escuchas?

La voz del maestro lo sobresaltó, y lo arrancó abruptamente de sus cavilaciones. Se quedó mirando en derredor, perplejo. Le costaba volver a la realidad del aquí y ahora. El maestro se dio cuenta y repitió la pregunta.

Theravada se puso a pensar.

—No escucho nada—dijo finalmente.

El maestro, entonces, bostezó y se dispuso a ir a dormir:

—Puedes acostarte en cualquier rincón y pasar la noche. Al amanecer, cuando canten los primeros pájaros, te irás. Te irás lejos, y nunca más volverás.

—Maestro, ¿qué me quiere decir?  

—Te irás con la primera luz del alba, para nunca volver.

—¿Acaso no soy merecedor de su instrucción?

—No.

—Maestro—Theravada se postró a sus pies, le tomó la mano y agachó la cabeza en posición de reverencia—, se lo ruego, por favor, haré lo que sea.

Con un gesto suave el Maestro se soltó de su mano. Theravada cayó ligeramente hacia atrás con los ojos llenos de lágrimas.

—Pretendes venir aquí, a esconderte en estos páramos porque en realidad te sientes a salvo, te sientes protegido, pero así no encontrarás el camino a la iluminación. Porque hay algo en ti que no has resuelto y eso te sigue a donde quiera que vayas.

Sorprendido, el hombre subió la mirada, sus ojos grandes, húmedos, observaban perplejos. El maestro ahora hablaba en un tono más grave. A Theravada le costaba creer que este fuera el mismo viejito simpático que había encontrado deshuesando una liebre.  

—No importa cuánto medites, cuánta penitencia o ayuno hagas, incluso no importa si tienes al mejor maestro al lado, si no reconoces que eres un cobarde.

—Maestro, por favor, no entiendo a qué se refiere, es muchísimo el esfuerzo que hice hasta llegar aquí, fueron años de dedicación y disciplina. ¿Cómo me puede llamar cobarde?

—¿Ves que no escuchas? Así como antes no escuchaste el crepitar del fuego, el canto de la naturaleza reverberando en el lago, ahora tampoco me escuchas a mí.

Theravada no salía de su asombro.

—Me miras sorprendido. Tú dices que has visto violencia y crueldad, y que eso te perturba, pero ¿no es lo mismo que has hecho tú?

—Maestro… usted se refiere a…?

—Creo que ya entendiste.

—Mi esposa…Mi hijo… No podía quedarme con ellos. Lo mejor que podía hacer era emprender mi camino.

—¿Y escapar de tus responsabilidades?

Theravada miraba al vacío, perplejo.

—No importa cuánto me hayas buscado, ni cuanto te hayas sacrificado, mientras te escapes de lo que no resolviste en ti.

—Usted no entiende…Mi mujer no se quedó sola, tiene cuatro hermanos, una familia que la ayuda.

—Eso es lo que pasa automáticamente ante la falla en uno mismo. Primero no la reconocemos, luego, pretendemos minimizarla.

—No, no. Es que usted no entiende. Yo sí resolví el conflicto en mí, porque no cargo violencia dentro mío. No maltrato a nadie, al contrario, me ocupo de hacer el bien.

—Y abandonar a tu esposa y tu bebé en esas circunstancias horribles, ¿no es violencia?

El visitante ya no sabía qué decir, todo dentro de él se defendía de lo que estaba escuchando. Se sentía abatido.

—No pude evitarlo—dijo con voz triste—no tenía otra opción.

—Esos son los otros dos automatismos. Ante la falla en uno mismo, después de ignorarla y minimizarla, pretendemos que ya la resolvimos o que directamente nunca fue una falla. Ese es el punto en que la situación queda atrapada en un sin salida. Se vuelve imposible.

El silencio ahora fue bastante más largo, más pesado, más tenso. Theravada había imaginado su encuentro con el Maestro de muchas formas, pero jamás hubiera esperado esto.

—Tengo muchas preguntas—, se animó a decir finalmente—. ¿Qué debo hacer? ¿Volver a mi pueblo natal? ¿Ir a buscar a mi hijo? Ya debe ser un hombre …

El maestro calló.

—Por favor, ayúdeme. No sé qué hacer. Dígame qué tengo que hacer.

El Maestro siguió callando por el resto de la noche. Simplemente se echó a dormir en su cama de paja. Al amanecer, antes de que los primeros rayos asomen detrás de las montañas, un hombre salió de la cabaña del Maestro, de estatura mediana y ojos negros como pozos profundos, ya marcados por el paso del tiempo. Llevaba una túnica color naranja y un atado de cosas indescifrables bajo el brazo.

Pero ese hombre ya no era Theravada, era un hombre nuevo, y se adentró en el bosque espeso, iniciando, ahora sí, su verdadero camino. 

Breve ensayo sobre la monotonía

monotonía

La secretaria revisaba unos papeles. Los acercaba a sus ojos mientras fruncía el ceño y después garabateaba algo con la lapicera. A la izquierda el guarda de seguridad protegía la puerta del ascensor.

Andrés miró hacia su derecha y observó las butacas que se extendían por la sala, ocupadas por hombres como él. Los tonos grises de sus sacos les daban una apariencia monótona que se mimetizaba perfectamente con el ambiente. Todos llevaban el mismo corte de pelo, prolijo y al ras, y una expresión entre el azoro y la preocupación.

Todos estaban pendientes de algo, de un conjunto de papeles o de su reloj y parecían estar repasando alguna lección. Nadie hablaba con nadie, aunque algunos murmuraban palabras que no llegaban a oídos de los demás, sino que simplemente se transformaban en un zumbido que se perdía en los sonidos del lugar: el teléfono sonando, los pasos de los funcionarios que circulaban, el ascensor abriéndose y cerrándose automáticamente como una gran boca esperando su próxima ración.

Se miró a sí mismo, a las mangas grises de su traje y revisó que todo estuviera bien, que la mancha de tinta cerca del puño no se notara. En efecto había logrado disimularla bastante. Solo esperaba que cuando le estrecharan la mano lo miraran a los ojos. Ese sería el momento más delicado. Con la otra mano se alisó la camisa. Corroboró que se mantenía planchada.

En el medio de la pared opuesta estaba la puerta. Su vidrio esmerilado no dejaba entrever más que sombras de colores. Cuando se adivinaba algún movimiento detrás de ella la sala parecía suspenderse. Los murmullos cesaban y todos miraban con atención, se arreglaban las corbatas, guardaban sus apuntes en el maletín, y tomaban una postura diferente, como si estuvieran a punto de correr una carrera y esperaran el sonido de la pistola para salir disparados.

Cuando el movimiento se detenía los hombres volvían a su ensimismamiento, pero mantenían siempre un ojo en la puerta. Porque cuando se abría, a alguno de ellos le podía cambiar la vida para siempre.

El aire de la oficina empezó a tornarse pesado para Andrés. Ya había perdido la noción de cuánto tiempo llevaba allí, pero debía ser mucho porque sintió que el hambre le comenzaba a morder el estómago y que sus músculos se aflojaban. Sintió un leve mareo y una necesidad fuerte de respirar otro aire. Pero dejar su puesto no era una opción, no a esa altura. Ya había llegado hasta acá. Había estado sentado en muchas salas, había observado muchas puertas.

Para aliviar la sensación de ahogo se desabrochó los dos primeros botones de la camisa y se sintió mejor. Cerró los ojos y se recostó en el respaldo de la silla, estirando las piernas. Aquel cambio de posición era un descanso para sus músculos entumecidos.  Más aliviado, cruzó los brazos y puso cada mano debajo de su axila opuesta y un pie sobre el otro.

Un silencio repentino le hizo abrir los ojos y ponerse en alerta. Recién ahora se daba cuenta de que la secretaria había estado hablando por teléfono, y su callar repentino evidenció tanto la presencia como la ausencia de esa voz.  Miró hacia el lado del escritorio y vio que tenía el tubo del teléfono suspendido en el aire. A su izquierda, el guarda se había adelantado unos pasos en la dirección de Andrés. Los dos habían dejado de hacer lo que estaban haciendo y lo miraban fijamente. 

En un principio, no le dio importancia. Se mantuvo en su postura un rato y esperó, mirándolos él a su vez, pero nada cambió. La secretaria colgó el teléfono y le clavó aun más los ojos, el guarda se cruzó de brazos.

Andrés no pudo sostener esas miradas. Finalmente enderezó la espalda, apoyó los pies en el suelo y se abrochó el botón de la camisa. Solo entonces la secretaria volvió a poner los ojos en sus papeles y el auricular en su oreja. El guarda volvió a su puesto y su mirada se volvió a perder en el recinto. Andrés, sin saber por qué, con la mano izquierda tapó la mancha de tinta de su manga derecha.

La oficina siguió su curso. Cada quien siguió actuando su rol sin salirse del lugar que le tocaba ocupar. Todo se desarrollaba en un equilibrio envidiable. Hasta los funcionarios que pasaban desde el ala contigua hasta el ascensor parecían ser siempre los mismos. Las mismas tres o cuatro personas con los mismos gestos y la misma vestimenta, y hasta en los mismos intervalos de tiempo. Como si hubiera una cinta transportadora por debajo del piso que los devolvía al lugar de donde habían venido.

Andrés seguía con la mirada cada una de las figuras hasta que eran tragadas por las fauces del ascensor. Todo terminaba igual cada vez, con la espalda del funcionario desapareciendo detrás de la puerta metálica, hasta que algo cambió. Esta vez el ascensor no estaba vacío. Había una mujer.

Sin poder creer lo que veía, Andrés la observó de arriba a abajo. Tenía el pelo negro, con un corte moderno que desembocaba en un cuello fino. Llevaba una blusa blanca holgada y de mangas largas. Con una mano sostenía una carpeta grande y más abajo una pollera roja le cubría hasta las pantorrillas.  

La habitación pareció detenerse a medida que ella entraba y buscaba su lugar entre los demás postulantes. Luego de un silencio breve los murmullos volvieron, pero ahora diferentes, un poco más agresivos y urgentes.

Algo había cambiado. Los postulantes intercambiaban miradas perplejas y comentarios. Algunos empezaron a juguetear nerviosamente con sus papeles, otros se cruzaban de piernas a un lado y al otro.

Mientras tanto Andrés la miraba no sin cierta fascinación. El color de su pollera hería la vista tanto como la atraía. La tela parecía tan suave que daban ganas de tocarla mientras caía por sobre sus pies y debajo de la carpeta que había puesto en su regazo.

Perdido en su contemplación Andrés no se dio cuenta de que la densidad del recinto estaba cambiando. Ahora los funcionarios no estaban entrando en el ascensor, sino que se detenían antes de entrar, quedándose como petrificados en su sitio, mientras la puerta automática se cerraba y se abría detrás de ellos inútilmente.

La secretaria había dejado el teléfono y los papeles para girar su silla hacia el lado de la mujer. Poco a poco, cada uno de los postulantes fue haciendo silencio, olvidándose de la puerta, abandonando las miradas furtivas entre ellos, como si fueran una audiencia expectante en un teatro.

Era como si el tiempo se hubiera detenido, como si la cinta transportadora se hubiera averiado. Dos, seis, ocho, hasta diez funcionarios se acumularon en la sala, mirando en dirección de la mujer.

Andrés se sintió muy incómodo. Todo dentro de él le decía que tenía que mirarla como todos los demás, pero no podía evitar alternar su mirada entre ella y los otros. La mujer bajó los hombros ligeramente y se retrotrajo, trayendo la carpeta blanca para sí, como si quisiera hundirla en su abdomen, y sus ojos se volvieron suplicantes. Comenzaron a buscar desesperadamente un rostro aliado.

La tensión se hacía cada vez más palpable. Ya la secretaria se había puesto de pie y el guarda se adelantó y se puso entre la mujer y los demás en actitud severa.

Andrés la miraba con lástima hasta que los ojos de ella se posaron en los de él, con un dejo de esperanza. Pero Andrés los apartó y bajó la cabeza.

Finalmente se levantó y tomó una postura firme y orgullosa, que contrastaba con el color rojizo que habían tomado sus ojos. Se abrió paso entre la gente y desapareció detrás del ascensor.

Como un globo que explota después de soportar su máximo nivel posible de aire, la oficina volvió a su devenir habitual, todos volvieron a sus roles pre asignados. Pero no Andrés, él ya no sabía si podría soportar permanecer allí quién sabe cuántas horas más.

Miraba fijamente la mancha en su manga y la tocaba insistentemente con el dedo. Recordaba el rostro de esa mujer y pensaba que podría haberla ayudado, que podría haber hecho algo. Solo miraba a la puerta del ascensor que se abría y se cerraba, a veces para nadie, inútilmente ya que los funcionarios pasaban de vez en cuando.

La sensación de ahogo había vuelto. Andrés se agarró la cabeza y se hizo un bollito, acercando su torso a sus piernas. Ya podía sentir a la secretaria colgando el teléfono, podía adivinar al guarda acercándose, podía percibir el rechazo de sus pares.

En un instante, dejó de pensar. Simplemente levantó la cabeza y vio la puerta abierta. Pronto haría un sonido y comenzaría a cerrarse. Las hojas metálicas ya estaban empezando a acercarse cada vez más. Pronto se tocarían. Andrés se levantó abruptamente y corrió hacia ella. Pasó justo.

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Cobardía

relato sobre la cobardía

Relato por Cecilia Kleiman

Hace frío, por eso estoy preparando una sopa. Como la cocina se continúa con la sala de estar puedo seguir con mi tarea mientras vigilo a mi hijo. Me gusta verlo divertirse con sus autos y camiones de juguete. Los hace deslizarse hacia un lado y hacia el otro, desde el sillón a la heladera, en un circuito imaginario que vuelve a empezar una y otra vez con cada vehículo. 

Su circuito está bordeado por el mueble de la televisión y la bodega antigua, protegida por dos puertas altas de vidrio. Desde adentro las botellas parecen centinelas vigilando la sala de estar y al chico que se arrastra por el piso de madera. Un Jack Daniels que me regaló mi suegro, un vodka importado y un gin Heredero esperan hace meses alguna ocasión especial que nunca llega. 

Cuando escucho la voz de Belén, siento que algo me aprieta el pecho. Hace tiempo me viene pasando, desde que la alegría de encontrarme con ella en un bar, de cenar juntos en un restaurante se convirtiera poco a poco en un tedio obstinado y finalmente en aquella sensación opresiva.

Hace casi un mes que está en la cama, por eso a mí me toca hacer las tareas del hogar y cuidar de Mirko.

Belén quiere saber si me falta mucho porque quiere algo, y yo sé qué es. Entonces me apuro para terminar de cortar las verduras y ponerlas a hervir.

Primero empezó solo los domingos.  A la mañana no se levantaba de la cama y se quedaba así hasta el lunes a la mañana. Después los periodos comenzaron a prolongarse. Primero tres días, después cinco, después una semana y así sucesivamente.

Aunque aguantarle sus días de “relajación” me era difícil porque todo el peso de la vida recaía sobre mí, también la entendía y la apoyaba. Se merecía descansar. Cuando no estaba en la cama, hacía de todo por nosotros. Por eso, cómo no iba a apoyar el capricho de yacer en su dolce fair niente.

Cuando todo está en marcha, voy a buscar lo que Belén quiere. Las tengo en una caja de galletitas en el estante más alto de la alacena, a salvo de Mirko. Lo miro y vuelvo a disfrutar de ese vaivén tan divertido para él. Ahora musicaliza el derrotero de los autos con ruidos que hace con la garganta. Acelera y frena y acompaña los movimientos con su cuerpo. Hace chocar a un camión con un auto de carreras, mientras una camioneta los esquiva.

Lo veo acercarse peligrosamente a las puertas de la bodega y le digo que tenga cuidado. Sus brazos vuelan por el aire y los juguetes le siguen mientras él apoya las manos en el suelo y empieza a pegar patadas que pasan demasiado cerca del vidrio.

Mirko no me escucha, nunca lo hace. Le repito la advertencia, esta vez un poco más fuerte, mientras abro el tarro de galletitas para alcanzar lo que busco. Allí está el blíster. Las pastillas son unos circulitos azules que se esparcen en la mesa a medida que las libero con una leve presión.

Al principio no me gustaba tenerlas en casa, pero con el tiempo las aprendí a aceptar. De hecho, ahora soy yo quien se las consigo. La primera vez que me enteré de su existencia fue porque vi a Belén guardado algo en un neceser de forma sospechosa. Me llamó la atención que quiso disimular lo que estaba haciendo apenas entré en nuestra habitación.

Pero pronto no las tuvo que esconder porque se volvieron algo natural. Dejé de oponerme porque cuando las tomaba estaba menos irascible, menos agresiva, menos ansiosa.

Miro a Mirko una vez más debajo del Jack Daniels y el Heredero y le repito que tenga cuidado. Después empiezo a subir las escaleras.

¿Por qué tardaste tanto?, me dice, y yo le respondo que estaba cocinando. Me mira como si no le importara y apoya la cabeza en la almohada. Su mirada ausente se pierde en un rincón cualquiera.

¿No te gustaría comer con nosotros? …en el comedor. Mirko te extraña, digo con la inocencia de aquel que guarda un dejo de esperanza. Su expresión ahora denota desdén. Claramente no le importa lo que yo siento, ni el esfuerzo que tengo que hacer yo solo todos los días. Claramente solo le importa otra cosa. 

“Es muy difícil para mí verte así, quizás si intentaras, no sé, levantarte unos minutos aunque sea. Y así de a poco. Nadie te presiona”.

Su respuesta se limita a entornar los ojos. Después finalmente me mira pero no dice nada. El vacío en su expresión habla por sí mismo: la estoy perdiendo y no sé qué hacer para evitarlo.

Algo me inunda repentinamente el pecho y bajo la cabeza. Inclino mi tronco hacia ella y apoyo mi frente en su hombro.

Decime qué hacer. Hago lo que quieras. ¿Qué es lo que te haría feliz?

El silencio se adueña de la habitación por un rato y yo sollozo contra su cuerpo.

“No aguanto más”, le digo.

Belén no responde. Se da vuelta hacia el otro lado y me encuentro mirando su espalda. Yo coloco las pastillas azules sobre su mesita de luz.   

No me doy cuenta pero los minutos siguen pasando. Ella no se mueve de esta nueva posición y ahora soy yo el que miro al vacío, totalmente quieto, como en un trance, hasta que el silencio me aturde.

Pienso en Mirko. ¿Por qué no se lo oye?

Bajo preocupado para ver cómo está. Apenas desciendo los últimos escalones aparece su cabeza sobre el respaldo del sillón. Los autos y los camiones están esparcidos por el piso desde los pies de Mirko hasta llegar a la bodega.

¿Te aburriste de jugar?, le pregunto. Hace que no con la cabeza y luego vuelve a quedarse quieto.

Me paro frente a él y lo observo. Ya sus rasgos no son los de un bebé, sus ojos se profundizaron y el contorno de su rostro cobró cierta firmeza. Es todo un pequeño hombre.

Unos metros detrás de él, observo la olla que ya está haciendo un murmullo continuo y le pregunto a Mirko si quiere comer.

Esta vez su cabeza muestra un sí. ¿Va a venir mamá?, pregunta. Yo no le respondo, no porque no quiero, sino porque el nudo en la garganta no me deja. Antes de acercarme a la cocina paso delante de la puerta de vidrio, me detengo, dudo. Finalmente doy unos pasos hacia atrás y la abro.

Apago la hornalla y saco un vaso de la alacena. Lo miro unos instantes antes de llenarlo. En solo unos segundos el líquido me adormecerá la garganta, y no solo eso. Empino el vaso una y otra vez, quizás así el nudo se ablande un poco, se haga más soportable, aunque sea por un día o por un rato nada más.